Buenas y malas maneras de hacer misión

14/01/2022
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Buenas y malas maneras de hacer misión

 

¿Hay buenas y malas maneras de hacer misión? Es nuestra firme convicción que sí. Pero, ¿consiste la misión en un sistema de “4 fáciles pasos para tener éxito en la misión”? Rotundamente no.

 

Que la misión es central en la Biblia es algo que muchos estamos redescubriendo en los últimos años, es decir, que no estamos aquí como si de la sala de espera del dentista se tratara. Dicho de otra manera, nuestra función como discípulos de Jesús no es solo esperar a “irnos al cielo”. Aunque es verdad que debemos tener una actitud de espera ante la venida de nuestro querido Señor Jesús (¡Maranatha!) es también verdad que nadie dijo que esa espera tuviera que ser pasiva. Más bien lo contrario, el Nuevo Testamento está lleno de llamados a ser discípulos proactivos.

Recordemos, por ejemplo, las múltiples veces que Pablo habla de la vida cristiana como una carrera o como una guerra, así como el archiconocido pasaje de 2ª de Timoteo en el que hace una triple metáfora aludiendo a labradores, atletas y soldados (2ª Tim. 2:3-6). Ni una pizca de pasividad a la vista ¿a que no?

Estamos llamados a ser discípulos activos, que aman a Dios por encima de todas las cosas y a los demás como a sí mismos (Mateo 22:36-40). Pero, ¿cómo se refleja eso en la misión? ¿Hay mejores y peores maneras de llevarla a cabo? ¿Dónde será más estratégico que invirtamos nuestros esfuerzos? ¿Y nuestro tiempo?

 

 

El objetivo de este artículo es pensar en maneras prácticas de llevar a cabo la misión de Dios en nuestro día a día. Y para ello vamos a considerar un aspecto clave al hacer misión: la presencia. Hay más material en el que reflexionar, pero queremos que estos artículos sean eminentemente prácticos y con sugerencias sencillas para la misión cotidiana, así que alargarlos en exceso frustraría ese fin.

¿Hay buenas y malas maneras de hacer misión? Es nuestra firme convicción que sí. Pero, ¿consiste la misión en un sistema de “4 fáciles pasos para tener éxito en la misión”? Rotundamente no. Es decir, aunque hay mejores y peores maneras de hacer misión, mucho depende del contexto y la situación en la que nos encontremos. ¡Que el Señor nos guíe con su Espíritu Santo y podamos honrarle siendo sus misioneros en la oficina, el instituto, el hospital, la universidad o la fábrica!

Así pues, estamos convencidos de que la presencia es clave si queremos ser discípulos que hacen misión en su entorno. No es muy difícil justificar este punto ya que desde el principio el Dios de la Biblia se propuso estar muy cerca de sus criaturas. En Edén se nos dice que Dios “se paseaba en el huerto, al aire del día” (Gen.3:8a) y es significativo que el Creador del universo decidiera bajar a la tierra para pasear con sus minúsculas creaciones. Él quería estar presente con nosotros. Podemos repasar mentalmente el Antiguo Testamento y recordar lo importante que es la presencia de Dios para el pueblo de Israel.

Pero si avanzamos hacia la encarnación de Jesucristo, el mensaje es incluso más potente: Dios decide revelarse a la humanidad, acercarse a nosotros, enviar a su misionero a encontrarnos. Él no envía un compendio de normas, una filosofía de vida o una experiencia mística, envía a una persona, a Jesucristo, Dios hecho hombre (Heb.1:1-2). Así pues, el mensaje de Jesús para nosotros, sus discípulos misioneros, es obvio: si queremos hacer misión necesitamos acercarnos a la gente, estar presentes con ellos como Jesús lo está con nosotros.

 


Pero, ¿cómo podemos estar presentes? ¿Cómo imitamos a Jesús en esta faceta tan crucial? Pues, como decíamos, hay buenas y malas maneras de aplicar esto. O, mejor dicho, hay maneras de estar presentes y maneras de no estarlo. Os proponemos tres ideas que os pueden ser de ayuda:


 

# Primero, no veas a la gente de tu alrededor como “proyectos evangelísticos”.

Entender que los compañeros con los que quieres compartir a Jesús son personas a las que bendecir y no “gente a la que convertir” te ayudará a ver la misión no como un proceso “mecánico” sino como una relación personal y orgánica. Las relaciones requieren tiempo así que no te frustres si no surgen conversaciones acerca del evangelio el primer día de trabajo.

En lo práctico, busca bendecirles de cualquier modo que esté a tu alcance. Y en este sentido, ¡que viva la creatividad que Dios nos ha regalado! Puedes acordarte de sus cumpleaños haciéndoles un pastel casero, ofrecerte a ayudarles con la mudanza, llevarlos al aeropuerto si se van de viaje o cualquier otra cosa que muestre que te preocupas de manera genuina: pasar apuntes, ayudarles con cualquier tarea en el trabajo, etc. Recorrer la segunda milla por ellos muestra que los amamos como Dios nos ha amado a nosotros y eso es sumamente poderoso. El amor puesto en práctica de manera sencilla y con acciones simples tiene un impacto revolucionario.

 

El amor puesto en práctica de manera sencilla y con acciones simples tiene un impacto revolucionario.

 

# Segundo, invierte tiempo de calidad con la gente que Dios pone a tu alrededor.

No solo predicas con palabras sino con tu vida diaria, y las relaciones requieren tiempo. 
Así que, ¿por qué no te quedas a comer con tus compañeros de universidad después de las clases en vez de salir pitando para casa? También puedes ir a tomar unas cervezas con los compañeros de trabajo después de la jornada laboral. Invítales a la bolera por tu cumpleaños o celebra acción de gracias en tu casa (ahora que está tan de moda) con un buen pavo (o pollo relleno, que es más asequible y fácil de cocinar). En resumen, aprovecha cualquier excusa para estar con ellos.

 

# Tercero, conoce bien a tus compañeros.

Vivimos en una sociedad que escucha poco y habla mucho, pero Dios nos ha dado dos orejas y solo una boca. El mensaje es claro: escucha más y habla menos. Si queremos conocerlos mejor tendremos que hacer preguntas y escuchar sus respuestas de manera activa. Jesús parte con ventaja porque es omnisciente, pero en los evangelios le vemos tratando a cada persona de manera diferente, dependiendo de cómo es cada una. Como probablemente no seas omnisciente (espero), te toca preguntar y escuchar.

 

En la práctica, puedes preguntarles por su familia, conocerlos más allá del trabajo o los estudios y saber qué cosas les gustan, cuáles son sus sueños y qué les inquieta. A lo mejor podemos revolucionar nuestra oficina si cuando saludamos con un “Hola ¿qué tal?” pretendemos genuinamente que nuestros compañeros nos cuenten cómo están y nosotros los escuchemos atentamente.

Estamos seguros de que se te ocurrirán más cosas prácticas que hacer para estar presente. Como decíamos antes: ¡Imaginación al poder!

Lo más importante es que como discípulos de Jesús imitemos a nuestro maestro y nos acerquemos a la gente como Jesús se acercó a nosotros y que amemos a la gente como Jesús los ama. Eso, por sí solo, es revolucionario y transformador, porque se trata del amor de Dios puesto en práctica. Eso es el Reino de Dios viniendo a tu oficina, tu campus, tu instituto o tu fábrica.

 

Por Ismael Sánchez, asesor de GBU en Cataluña. [skomfare2_modal_popup id=»4383″]

 

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